Entrar en el oficio

¿Merece la pena un curso de peluquería online? Lo que no se aprende por vídeo

Vivo de dar formación online, así que lo fácil sería decirte que sí a todo. Prefiero decirte las tres cosas que una pantalla no te va a dar nunca, y cómo se tapan.

Anna Barroca
Anna Barroca Estilista, formadora y creadora de colección ·9 min de lectura
¿Merece la pena un curso de peluquería online? Lo que no se aprende por vídeo

Vendo formación online. Cobro por ella todos los meses. Lo cómodo sería decirte que sí, que con vídeos se aprende todo y ya está. No es verdad, y si te lo dijera dejarías de creerme a la tercera clase, cuando te pusieras delante de una cabeza y no te saliera.

Hay tres cosas que una pantalla no te da. Se tapan las tres, pero hay que saber que están ahí. Si no, te pasas medio año viendo cortes preciosos y luego te tiembla la mano con la primera clienta de verdad.

Lo que el vídeo hace mejor que una clase presencial

En una formación de un día ves el corte una vez. Y lo ves desde la tercera fila, detrás de cinco cabezas, con el modelo de espaldas justo cuando la formadora hace lo importante. Tomas apuntes, vuelves al salón y a los pocos días te acuerdas del resultado pero no de cómo empezó.

El vídeo resuelve eso. Te da el plano de las manos, que es el único plano que importa, y te da el botón de atrás. Puedes ver doce veces cómo entro en la nuca hasta que entiendes por qué entro ahí y no dos dedos más arriba. Eso no te lo da ninguna sala.

Y hay una parte del oficio que es puramente cabeza, no mano. Dónde abres los paneles. Qué dirección le das a la mecha y por qué las direcciones opuestas cambian el peso. De dónde sale la guía y hasta dónde la arrastras. La elevación craneal frente a la opuesta, que es elegir entre acompañar la curva del cráneo o levantar en contra de ella. La consulta previa, mirar el remolino antes de tocar nada. Todo eso son decisiones, y las decisiones se aprenden perfectamente en pantalla porque se pueden explicar con palabras. Por eso el orden que planteo cuando alguien empieza de cero pone primero la estructura y deja el virtuosismo para mucho después.

Lo primero que el vídeo no te da: la tensión de la mecha entre los dedos

Yo digo «sin tensión» y tú estás convencida de que no estás tensando. Y estás tensando. Es lo más común que veo cuando corrijo a alguien en persona.

La tensión no se ve en cámara. No hay plano que muestre cuánto tiras. Y cambia con todo: cambia si el pelo está mojado o seco, cambia si es fino o grueso, cambia muchísimo si es rizado, porque el rizo que estiras vuelve a su sitio en cuanto lo sueltas y el corte te sube solo. También cambia con el cansancio: al final del día tiras más que a primera hora, y ni te das cuenta.

Los síntomas son siempre los mismos. Sale más corto de lo que querías. La línea te baila por debajo. Haces una diagonal limpia y al secar aparece un escalón que no estaba. Nada de eso es un fallo de técnica, es un fallo de dedos.

Lo segundo: el tacto de la densidad

Una cabeza se lee con la mano antes que con el ojo. Pasas los dedos y notas dónde hay masa y dónde no hay nada. Notas la nuca que se queda fina, el occipital que abulta, el remolino que va a mandar más que tú, la obertura natural del cabello que ya te está diciendo por dónde quiere caer.

En un vídeo ves el antes y el después. Lo que no ves es cuánto pesaba ese pelo en la mano. Y es la información que decide si hay que quitar volumen o no, y cuánto. Puedes copiarme un corte entero, paso por paso, sobre un cabello que tiene la mitad de densidad que el mío, y el resultado no se va a parecer en nada. No porque lo hayas hecho mal, sino porque el material era otro. Por eso quitar peso es lo último que se aprende bien: es la parte del oficio que depende más del tacto y menos del gesto.

Lo tercero: que alguien te corrija la postura

Este es el gordo, y casi nadie lo cuenta.

La mayoría de las líneas torcidas no son un problema de corte. Son un problema de sitio. Estás plantada en el lado equivocado, giras tú en vez de girar la cabeza de la clienta, levantas el hombro, el codo se te va hacia dentro y la mano deja de ir paralela al suelo sin que tú lo notes. Tu ojo ve recto porque tu ojo está torcido igual que tú.

Eso no lo detectas sola. Ni en el espejo, porque en el espejo te miras la mano, no la espalda. Necesitas a alguien detrás diciéndote «date la vuelta» o «baja el codo». Y necesitas que te lo diga varias veces antes de que se te quede en el cuerpo.

Va con la salud, además. Las cervicales y la muñeca se resienten de una postura mala mantenida, y este oficio son muchos años de pie.

Cómo se tapan esos tres huecos

Con maniquí, con el móvil y con manos en cabezas de verdad. No hay más truco.

El maniquí te resuelve la tensión, no el tacto. Conviene decirlo claro: el pelo de un maniquí es uniforme, no tiene remolino que pelee ni una nuca que se quede sin nada, así que te sirve para machacar el gesto y la presión de los dedos, no para aprender a leer una cabeza. Es aburrido, sí. Pero es el único sitio donde te puedes equivocar sin que nadie se vaya llorando del salón. Yo trabajo con maniquíes en mis formaciones justo por eso: no como sustituto de una cabeza real, sino como el sitio donde se hacen las primeras veces feas.

El tacto de la densidad se aprende en el salón y no cuesta dinero. En el lavado, y pasando la mano por cada cabeza antes de coger la tijera, aunque ese día el corte no lo hagas tú. Dos minutos por clienta. Toca la nuca, abre los paneles, mira dónde nace el remolino, y luego mírala otra vez seca y peinada. Acabas asociando lo que notaste con lo que hizo el pelo al caer, y eso es exactamente lo que ninguna pantalla te puede pasar.

El móvil te resuelve la postura. Lo pones en un trípode barato a la altura de tu codo, detrás de ti, y cortas. Luego lo ves. Te vas a llevar un susto, todo el mundo se lo lleva. Vas a descubrir que arrastras el pie, que no desaceleras (que llegas al final de la mecha con la misma velocidad con la que has entrado) y que la tijera entra con prisa donde debería entrar despacio. Nadie te lo tenía que decir: te lo dice tu propia grabación.

Y una pasada presencial de vez en cuando. No cada mes. Un día, con las manos encima, cuando ya llevas técnica trabajada y tienes preguntas concretas que hacer. Ir a una presencial sin base es tirar el dinero: te llevas el recuerdo bonito y poco más. Ir con la técnica ya machacada en casa es otra cosa, porque sabes exactamente qué quieres que te corrijan.

Si solo puedes hacer una cosa de las tres, grábate. Es gratis y es lo que más rápido te cambia el corte. Guarda esa grabación y vuelve a verla cuando lleves unas cuantas cabezas más, comparada con una nueva.

Cuándo un curso online no te merece la pena

  • Si no vas a tocar pelo esa misma semana. Lo que ves y no practicas en caliente se evapora. Mejor un curso y practicar, que cuatro cursos y ninguna cabeza.
  • Si lo que necesitas es una titulación oficial para trabajar o para abrir. Eso es otra vía, y tienes que mirar qué te piden donde vives. Un curso de técnica no lo sustituye.
  • Si el curso es un escaparate. Resultados espectaculares, música, y cero explicación del porqué. Eso es publicidad, no formación.
  • Si vas a coleccionar cursos. Conozco gente con un montón de formaciones y ningún corte propio. El problema no era la formación.

Cinco preguntas antes de pagar nada

  1. ¿Se ven las manos o se ve la cara de quien enseña?
  2. ¿Te explica por qué hace cada cosa, o solo qué hace?
  3. ¿Corta sobre cabezas distintas, o siempre sobre la melena perfecta que lo permite todo?
  4. ¿Puedes preguntar y te contesta una persona?
  5. ¿Está ordenado, o es un montón de vídeos sueltos donde no sabes por dónde empezar?

Esa última importa más de lo que parece. Un curso online bien montado te lleva de la sección a la elevación, de ahí a la forma y de ahí al acabado, en ese orden. Si te dejan suelta entre cien vídeos, la que tiene que montar el temario eres tú, y para eso ya lo tienes gratis en internet.

Mi respuesta, corta

Merece la pena si vas a practicar. Si tienes maniquí, si tienes una hora fija a la semana y si estás dispuesta a grabarte y a verte. Con eso, la formación online te da más técnica por euro que ninguna otra cosa, porque puedes repetirla las veces que haga falta y no caduca.

No merece la pena si esperas que el vídeo te ponga las manos. No te las va a poner. Las manos te las haces tú, cortando mal muchas veces, y el buen curso lo que hace es acortar el número de veces que cortas mal y explicarte por qué ha pasado. Yo lo que aporto es el criterio y el orden; la repetición la pones tú. Y va a ayudar bastante que te acostumbres a anotar lo que has hecho en cada cabeza, porque cuando te vuelva a sentar esa clienta no te vas a acordar de qué elevación usaste ni de por qué te salió torcido.

¿Se puede aprender a cortar el pelo solo con vídeos?

La parte de criterio sí: secciones, direcciones, elevaciones, dónde poner la guía y por qué. La parte de mano no: la tensión, el tacto de la densidad y la postura necesitan repetición y corrección. Con vídeos, maniquí, grabarte y cabezas de verdad donde tocar, llegas. Solo con vídeos, no.

¿Qué necesito para aprovechar un curso de peluquería online?

Un maniquí con pelo de verdad, unas tijeras que corten, un soporte de mesa y el móvil para grabarte. Nada más. Y una hora fija a la semana, que es lo que de verdad falla.

¿Es mejor un curso online o una formación presencial?

Depende de en qué punto estás. Sin base, la presencial se te olvida enseguida. Con la técnica ya trabajada en casa, una presencial te corrige en un día cosas que sola no ves. Lo lógico es online para machacar y presencial de vez en cuando para corregir.

¿Un curso de peluquería online sirve si ya trabajo en salón?

Es donde mejor funciona, porque tienes cabezas todos los días para aplicarlo. El riesgo es el contrario: verlo todo y no cambiar nada de lo que ya haces. Elige una técnica y úsala esta semana en el salón, aunque sea en un solo corte.