Cuánto cobrar por un corte de pelo: el método que uso yo, no una cifra copiada
No te voy a dar un número, porque ese número no existe. Te doy la cuenta que hago yo: el tiempo real puerta a puerta, el coste de tu hora de silla y el suelo por debajo del cual pagas tú por trabajar.
Cuando una compañera me pregunta cuánto tiene que cobrar por un corte, siempre espera que le diga un número. No se lo voy a dar. Ese número no existe: cambia de una ciudad a otra, de una calle a otra, y depende de lo que a ti te cuesta tener la silla abierta una hora. Lo que sí te puedo dar es la cuenta, que es la misma para todas y casi nadie hace.
La mayoría de precios que veo están puestos igual: mirando lo que cobra el salón de al lado y quitándole un poco. Eso no es un precio, es una copia de un precio que a lo mejor también está mal puesto. Y el día que te hagan la cuenta de verdad, descubres que hay servicios que estás pagando tú de tu bolsillo para tener la agenda bonita.
El primer error: cobras el corte, no la silla
Un corte no dura lo que dura el corte. Dura desde que esa persona entra por la puerta hasta que la siguiente se puede sentar. Ahí dentro va el recibirla, el hablar dos minutos de cómo lo lleva, el lavado, el desenredado, el corte, el secado, el acabado, el cobro, la despedida, barrer y dejar el puesto listo. Todo eso lo estás pagando tú aunque solo cobres lo de en medio.
Cuando digo «coste de la silla» hablo de eso: cada hora que tu puesto está ocupado tiene un precio para ti, haya tijera en la mano o estés recogiendo pelo del suelo. Mientras sigas pensando en euros por corte y no en euros por hora de silla, vas a seguir sin entender por qué trabajas mucho y no cuadra.
Paso 1: mide el tiempo real, puerta a puerta
Esto no se estima, se cronometra. Una semana entera, con el móvil, apuntando dos horas: la de entrada y la del momento en que el puesto vuelve a estar libre. Sin redondear a la baja, que todas tendemos a eso.
Te vas a llevar dos sorpresas. La primera, que casi siempre son más minutos de los que tienes puestos en la agenda. La segunda, que la diferencia entre servicios es mucho mayor de la que refleja tu lista de precios. Un corte a una melena fina y lisa y un corte rizado no son el mismo trabajo ni de lejos; si además trabajas el rizo en seco, cambia el tiempo, cambia el orden del servicio y cambia lo que puedes hacer después con esa silla. Si cobras lo mismo por los dos, el rizo te lo está pagando la clienta de pelo liso.
Cronométralo por tipo de servicio, no en general. Anota aparte el corte de caballero, el infantil, el corte con cambio de forma, el flequillo suelto, el repaso rápido. Un bob bien construido te come un rato largo si lo haces como se tiene que hacer, y ese rato tiene que aparecer en algún sitio que no sea tu cansancio.
Y apunta también el tiempo que se va en lo que no es cortar: la que llega tarde, la que llega con tinte de casa, la que quiere enseñarte cuarenta fotos. Ese tiempo existe y sale de tu día.
Paso 2: cuánto te cuesta esa hora
Suma todo lo que pagas al mes tengas clientas o no: local, luz, agua, cuotas, seguro, gestoría, teléfono, el programa de citas, lo que tengas. Coge los recibos de los últimos doce meses y divide entre doce, porque el mes de la luz cara existe y el de agosto flojo también.
Ahora la parte que todo el mundo se salta: tu sueldo. No «lo que quede a final de mes». Un sueldo, decidido por ti, igual que el de cualquiera que trabajara ahí. Si no lo metes en el cálculo, el negocio no está pagando a la persona que hace el trabajo, y eso no es un negocio, es una afición cara.
Esos dos números sumados son lo que te cuesta el mes. Y se reparte entre las horas de silla reales, no entre las horas que tienes la puerta abierta. Si abres nueve horas y solo en cinco tienes a alguien sentado, el coste de las cuatro vacías se reparte igualmente entre las cinco que trabajas.
Paso 3: cuántas cabezas caben de verdad en un día
Aquí es donde se cae casi todo el mundo. Coges tu jornada, divides por el tiempo del servicio y te sale un número precioso de clientas al día. Ese número es mentira.
Entre servicio y servicio hay hueco muerto: la que se retrasa, el hueco de las once que nadie quiere, el rato de comer, el teléfono, el pedido que llega. Y hay una cosa más importante todavía: tu cuerpo. Las últimas cabezas de un día largo no salen igual que las primeras, y un corte que sale regular te cuesta una vuelta gratis o una clienta que no repite.
Cuenta las cabezas que te caben con el trabajo bien hecho, no las que te caben corriendo. Si tu precio solo cuadra el día que haces un número récord de cortes, tu precio está mal. Un precio bueno es el que aguanta un día normal, con un hueco vacío y una que llega tarde.
Un truco de verdad: mira tu agenda del mes pasado y cuenta las cabezas reales que hiciste, día por día. No las que cabrían. Las que hiciste. Ese es tu número, y casi siempre está por debajo de lo que tú creías. Con ese número es con el que tienes que hacer la cuenta.
La cuenta, en orden
Esta es la tabla que te tienes que hacer. No pongo cifras a propósito: las cifras son tuyas y de nadie más. Rellénala con tus recibos delante.
| Línea | Concepto | De dónde sale |
|---|---|---|
| A | Gastos fijos del mes | Local, suministros, cuotas, seguro, gestoría, software, teléfono. Recibos de 12 meses divididos entre 12. |
| B | Tu sueldo | Lo que decides cobrar tú al mes. Decidido antes, no lo que sobra. |
| C | Coste del mes | A + B |
| D | Horas de silla reales al mes | Días que abres × horas con alguien sentado de verdad (del paso 3). |
| E | Coste de tu hora | C ÷ D |
| F | Minutos reales de ese servicio | Cronometrado puerta a puerta, por tipo de corte. |
| G | Coste del servicio | E × (F ÷ 60) |
| H | Producto y material del servicio | Champú, acondicionador, acabado, toallas, lo que gastes en esa cabeza. |
| I | Tu suelo | G + H. Por debajo de aquí, pagas tú por trabajar. |
| J | Margen | Lo que tiene que quedar para vacaciones, bajas, formación, la tijera nueva, el mes malo. |
| K | Precio del servicio | I + J |
| L | Impuestos y retenciones | Esto no lo calculo yo ni lo calculas tú a ojo: es de tu gestoría. |
La línea L la digo en serio. Cada país y cada forma de estar dada de alta funciona distinto, y cualquiera que te dé un porcentaje por internet te lo está inventando o te lo está copiando de otro sitio. Lleva la tabla hecha hasta la K a quien te lleva los papeles y que te diga qué se te va por ahí.
Cuando tengas la I calculada para cada servicio, contrasta con tu lista de precios actual. Ahí es donde salen los cadáveres: normalmente hay uno o dos servicios que están por debajo del suelo y los estás haciendo todas las semanas.
Qué pasa de verdad cuando bajas el precio para llenar
Esta es la que más daño hace. Se ve la agenda con huecos, entra el miedo y se baja el precio o se saca una oferta. Y funciona: se llena. El problema es lo que se llena.
Si bajas el precio, para ganar lo mismo tienes que meter más cabezas. Más cabezas es más horas, menos descanso y menos tiempo por servicio. Menos tiempo por servicio es peor trabajo. Y el día que quieras volver a tu precio te encuentras con una agenda llena de gente que vino por el precio, no por ti, y que se va al siguiente que lo baje. Te has cambiado la clientela sin querer.
Hay otra cosa que nadie dice: una agenda llena a precio bajo te deja sin sitio para la clienta buena. La que quiere un cambio de forma, la que viene con tiempo, la que paga sin mirar, esa llama un martes y no le puedes dar hueco hasta dentro de tres semanas porque tienes el día lleno de repasos rápidos. Has llenado la silla y has cerrado la puerta.
Llenar la agenda no es el objetivo. El objetivo es que el día que trabajas te pague el día que no trabajas.
Si tienes huecos, el problema casi nunca es el precio. Suele ser que no tienes un servicio que valga lo que cobras o que no se nota por fuera. Y si vas lenta porque dudas en mitad del corte, eso no se arregla bajando la tarifa: se arregla teniendo un método y repitiendo la estructura hasta que la mano vaya sola. Lo que se trabaja en una formación seria no es cortar más rápido a lo loco, es dejar de rehacer.
Lo que estás regalando sin darte cuenta
Repasa estas cuatro y dime cuántas cobras:
- El diagnóstico. Sentarte con la persona, mirarle el cráneo, los remolinos, la caída, decidir qué le va y qué no. Eso es trabajo cualificado y es de donde sale que el corte le aguante bien hasta la siguiente cita: es el mismo rato que yo dedico a leer la cara y la cabeza antes de tocar la tijera, y tiene que estar en la agenda con nombre propio, no colado entre el lavado y el secado.
- El tiempo de más del pelo largo o muy denso. Tarda más en desenredarse, más en secarse y más en dejarse ver para cortarlo. No es el mismo servicio.
- El acabado. Si la sacas peinada como para una foto, eso también cuesta minutos de silla.
- El «ya que estoy, me recortas el flequillo». Cada uno de esos es un hueco que no le has dado a otra persona.
No te digo que cobres todo por separado ni que te pongas a hacer la lista de la compra en el mostrador. Te digo que lo sepas, porque lo que no sabes que regalas no lo puedes decidir.
Cómo sabes que llegas tarde a subir
Nadie avisa de esto, así que aquí van las señales de que el precio se te quedó atrás hace tiempo:
- Nadie te pregunta el precio. Ni una. Cuando nadie lo discute, es que lo tienes por debajo de lo que la gente esperaba pagar.
- Tienes la agenda llena semanas y no te cabe una urgencia. Eso no es éxito, es que la demanda que tienes no cabe en el precio que pusiste.
- Haces más cabezas que el año pasado y tienes lo mismo o menos en la cuenta.
- Han subido el alquiler, la luz, el producto y tu cuota, y tu lista de precios es la misma de hace dos años. Si tus costes suben y tu precio no, ya has bajado el precio. Lo que pasa es que en vez de bajarlo tú, te lo han bajado.
- Te da pereza una clienta concreta. Cuando ves el nombre en la agenda y se te cae el alma, casi siempre es porque ese servicio está mal cobrado y lo sabes.
- Te oyes decir «es que ya llevo con ella muchos años». La antigüedad de una clienta es un motivo para cuidarla, no para pagarle tú la luz.
Si has marcado tres de esas seis, no estás pensando en subir: llegas tarde. Haz la tabla, saca tu suelo, ponle el margen y pon la fecha. Y la próxima vez no esperes a que duela.
¿Cuánto debería cobrar por un corte de pelo?
Lo que cubra el coste de tu hora de silla por los minutos reales del servicio, más el producto, más un margen. Ese número te sale de tus recibos y de tu agenda, y no se parece al de otra ciudad ni al del salón de enfrente. Cualquier cifra concreta que encuentres por ahí es el precio de otra persona.
¿Cómo subo los precios sin perder clientas?
Avisando con tiempo y sin pedir perdón. Se dice la fecha, se cambia la lista ese día y no se hacen excepciones, porque en cuanto haces una, la haces cincuenta. Perderás a alguna que venía solo por el precio; esa ya se iba a ir el día que otro lo bajara.
¿Se cobra aparte el lavado y el secado?
Es una decisión tuya, pero tienen que estar contados sí o sí. Si los incluyes, sus minutos van dentro del tiempo del servicio y por tanto dentro del precio. Lo que no puede pasar es que estén en el tiempo y no estén en la cuenta.
¿Cuánto tiempo hay que dejar en la agenda por cada corte?
El que te salga de cronometrar una semana entera, puerta a puerta, y no el que te gustaría tardar. Si al medirlo ves que siempre te pasas del hueco que tienes puesto, el hueco está mal, no vas lenta tú.
¿Los impuestos los meto en el precio?
Van en el precio, pero el porcentaje concreto y cómo se declara depende de dónde estés y de cómo estés dada de alta. Haz la cuenta hasta el precio antes de impuestos y llévala a tu gestoría, que es quien tiene que ponerle el número a esa línea.
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